Sobre los libros y la vida

Lucía C. Carabias, de 2º de Bachillerato B, nos regaló, en pleno confinamiento, esta hermosa reflexión sobre lo que la lectura hace por nosotros:

Lucía C. Carabias – 2º de Bachillerato B

Cuenta una leyenda popular árabe que un criado encontró a la Muerte entre la multitud en un mercado. Asustado, pidió a su señor que le prestara un caballo para huir a Samarra y ponerse a salvo, y este aceptó. Ese mismo día, el señor preguntó a la Muerte por la mueca que le había dirigido a su criado, y esta respondió que no había sido otra cosa que sorpresa, pues debía ir a buscarle aquella noche a Samarra.

Como esta leyenda nos dice, evitar a la Muerte es algo imposible, pues esta nos encontrará por mucho que intentemos huirla. Igual de imposible, pero tal vez más frágil, es no vivir. Uno tiene la necesidad, el deseo, la obligación de vivir la vida como esta venga, por sus cumbres y sus valles, haciendo el efímero intento de doblarla al placer. Divididos entre “crea tu propio futuro” y “el futuro es ineludible”, tratamos de continuar. Pero, a pesar de que lo intentemos, no podemos controlar ese reloj que cuenta nuestros años, nuestros días, nuestros minutos, nuestros segundos hasta soltar el último aliento. Este se encuentra muy lejos, tal vez colgado entre las estrellas, tal vez a merced de algo más poderoso y eterno de lo que podemos siquiera imaginar.

Sin embargo, como seres humanos no podemos evitar querer tener el control sobre las cosas a nuestro alrededor. El estado de la habitación, la oficina, el orden de color de las camisetas en un armario… Nada nos detiene. Llegaríamos a doblegar la voluntad de los demás solo para sentir que no nos perdemos entre el caos y la velocidad del tiempo.

Contrariamente a lo que se suele pensar, el control no es un escritorio pulcro con una hoja, un bolígrafo, una lámpara de IKEA y nada más. Es una sensación, y como tal va y viene, y se dobla, y hace curvas y espirales. Y nosotros la buscamos desesperadamente. Controlamos lo que comemos, cómo vestimos, con quién nos juntamos, lo que estudiamos… Podemos controlar casi cada aspecto de nuestra vida.

Y aún así, nos sentimos perdidos. Vagamos de aquí para allá, utilizando a la gente como puerto seguro hasta que tenemos que zarpar de nuevo con rumbo desconocido. Damos tumbos de un lado a otro hasta que vemos a alguien, una especie de faro, tal vez una marea que hace que las olas nos arrastren, que nos resulta tan familiar como mirarnos al espejo y encontrar los mismos tres lunares en la mejilla de toda una vida. Puede ser la forma de actuar, el tipo de humor, las experiencias vividas, pero nos sentimos tan identificados que casi podemos ver el hilo que nos une. La identidad de una y otra persona se funden hasta tal punto que podrían convertirse la una en la otra.

Con los personajes de libros no es diferente. Encontramos un personaje entre las páginas y algo en nuestro interior dice “este, quiero este”. Y no solo lo conseguimos, sino que nos convertimos en él. Durante los minutos, días u horas que dure el libro entre nuestras manos, dejamos de ser quienes somos para pasar a ser el personaje. No más ser un alumno de instituto; de golpe somos reyes bárbaros que surcan los cielos a lomos de un dragón con escamas rojas. Desaparece ese empleado de supermercado y queda en su lugar un director de empresa que encuentra su amor. La maestra de infantil ya no está, sino que es una super heroína capaz de salvar toda la galaxia. Y es que no solo lo imaginamos: nos convertimos en ellos. El vínculo es tan tangible como un alma escapando de temblorosos dedos, pero eso no quita que sea real.

Y, de golpe, se cierra la tapa y todo eso se va. Vuelve el alumno con deberes, el empleado que hace las cuentas mentalmente y la maestra con un montón de fichas por corregir. Pero el rey, el empresario, la heroína, no desaparecen por completo, sino que se quedan en el fondo de nuestro ser, esperando al momento adecuado para surgir de nuevo. Han dejado de ser simples letras en papel para convertirse en una invisible extensión de nosotros mismos.

Volvemos entonces a la vida real, controlada en todos esos aspectos que no deberíamos poder controlar. Tal vez un poco menos perdidos, eso sí. Al fin y al cabo, seguimos teniendo a todos esos personajes con nosotros. Y es mucho más fácil enfrentarse al mundo cuando sientes que hay alguien que te comprende.